«Mi hijo no lee». Si esta frase te encoge un poco el corazón, respira: el gusto por la lectura no es un don divino ni una lotería genética. Es una llama que se enciende —a veces tarde, a veces por un camino inesperado— y que se puede alimentar sin forzar jamás. Aquí tienes siete ideas sencillas, que muchos padres llevan practicando durante generaciones y que comparten el mismo principio: no empujamos a un niño hacia los libros, hacemos que los libros sean irresistibles.
1. Leer delante de él (el arma secreta más infravalorada)
Los niños no escuchan nuestros discursos: fotografían nuestros gestos. Un padre o una madre que repite «¡hay que leer!» con el móvil en la mano envía un mensaje confuso. Si te sientas en el sofá con una novela, absorto, sonriendo a solas ante la página, envías un mensaje cristalino: leer es un placer de adultos, una cosa de mayores, algo que estoy deseando hacer. Y todo lo que es «una cosa de mayores» fascina a un niño. No tienes que decir nada: basta con que te vea leer con regularidad. Es desconcertantemente sencillo y formidablemente eficaz.
2. Dejarle elegir (sí, incluso el cómic, incluso el libro «demasiado fácil»)
La biblioteca o la librería es su terreno de juego, no el tuyo. Si elige un cómic, un libro divulgativo sobre tiburones, el mismo álbum ilustrado por duodécima vez o un libro que consideras demasiado fácil: perfecto. Un niño que elige su libro lee un libro deseado —y ahí radica toda la diferencia entre una lectura impuesta y una lectura por placer—. Las lecturas «fáciles» construyen la fluidez y la confianza; los cómics construyen el amor por las historias. El nivel subirá solo, más adelante, impulsado por las ganas. Tu único papel: abastecer el terreno y maravillarte con sus elecciones.
3. Leer en voz alta —incluso a los mayores que ya saben leer
Muchos padres dejan de leerles por la noche en cuanto el niño sabe descifrar las letras, como quien quita los ruedines de la bicicleta. Es una pena, porque a menudo es ahí donde mejor surge la magia. Un niño de ocho, nueve o diez años aún descifra despacio: solo, no tiene acceso a historias a la altura de su imaginación. Si se las lees tú en voz alta, sí. Le ofreces relatos más ricos de los que puede leer por su cuenta y le muestras la recompensa que le espera al final del esfuerzo lector. Sigue haciéndolo mientras te lo pida; algunos padres leen en voz alta a chicos de secundaria, y son momentos preciosos.
4. Establecer el ritual de lectura nocturno
Al cerebro le encantan las rutinas, y a los niños todavía más. Diez minutos de lectura cada noche, a una hora fija, en la cama, con una luz suave: muy pronto, este momento se convierte en una referencia tan esperada como el abrazo de buenas noches. El truco de los padres ingeniosos: detente a veces en medio de un capítulo emocionante. «¡Mañana seguimos!». Al día siguiente, ya no serás tú quien proponga la lectura: será el niño quien la reclame. Y un niño que reclama su lectura nocturna ya ha adquirido, sin saberlo, el gusto por leer.
5. Poner libros por toda la casa
Leemos lo que tenemos a mano. Un cesto de libros en el baño (no te rías: funciona), una pila sobre la mesa de centro, algunos álbumes en el coche, una pequeña estantería a su altura en su habitación —a su altura, esto es importante: un libro que uno mismo puede coger es un libro que se abre—. La idea no es tener una biblioteca de palacio, sino hacer del libro un objeto cotidiano y normal, tan accesible como un juguete. Los momentos muertos —la espera, el aburrimiento de un domingo lluvioso— se convierten entonces en ocasiones para leer, de forma natural.
6. No forzar nunca a terminar un libro
He aquí una regla que los adultos nos concedemos de buen grado y que, curiosamente, negamos a los niños: el derecho a abandonar un libro aburrido. Tú mismo, ¿terminas todas las novelas que empiezas? Un niño obligado a acabar un libro que le resulta intragable aprende que la lectura es un túnel del que no se puede salir. Un niño al que se le permite dejar un libro y abrir otro aprende que la lectura es un bufé libre donde uno se sirve lo que quiere. El primero desconfiará del próximo libro; el segundo le dará una oportunidad. Abandonar un libro no es un fracaso: es un acto de lector.
7. Conectar la lectura con sus pasiones
Un niño loco por los dinosaurios leerá un libro informativo sobre dinosaurios que jamás habría querido «trabajar» de otra manera. A una apasionada de los caballos le entusiasmarán las novelas de equitación. Un fan del fútbol devorará historias de vestuarios y goles en el último minuto. La pasión es el caballo de Troya perfecto: el niño cree estar alimentando su afición, y lo que en realidad se está instaurando es la lectura. Observa qué le apasiona en este momento —aunque a ti te parezca insignificante— y encuentra el libro que encaje con ello. El tema del libro no tiene ninguna importancia; el apetito que despierta, sí.
Y para los que están empezando: unas palabras sobre el método silábico
Todo lo anterior presupone una cosa: que descifrar no sea un sufrimiento. Porque un niño para quien cada palabra es una montaña sencillamente no puede disfrutar leyendo: el esfuerzo devora el placer. Por eso los primeros años son tan importantes, y ahí es donde el buen método silábico de siempre hace maravillas: la B con la A hace BA, pasos claros, sílabas que se ensamblan como piezas de construcción y ese inmenso orgullo de leer la primera palabra por uno mismo. Este espíritu —paciente, progresivo y sólido como los manuales de antaño— es el que hemos querido plasmar en nuestra La Colección del Escolar, pensada para dar a los principiantes unos cimientos tan seguros que la lectura se convierta rápidamente en un juego y no en un obstáculo.
Para terminar: siembra, riega y deja crecer
Te habrás dado cuenta de que ninguna de estas siete ideas contiene palabras como «obliga», «impone» o «exige». No es casualidad: el deseo de leer no se impone, se cultiva. Lee delante de él, déjale elegir, cuéntale historias por la noche, reparte libros por todas partes, respeta sus abandonos y sus aficiones... y luego deja que el tiempo haga su trabajo. Un día lo sorprenderás con una linterna debajo del edredón y fingirás no ver nada. Ese día habrás ganado. Y si buscas lecturas para llenar la estantería, nuestro catálogo cubre todas las etapas del camino, desde las primeras sílabas hasta el bac.